Pasar al contenido principal

14-mar.-2026, sábado de la 3.ª semana de Cuaresma

sábado3c.jpeg

«Cristo está con los que son humildes de corazón y no con los que se exaltan a sí mismos por encima de la grey» (S. Clemente de Roma, Carta a los corintios, c. XVI)

Seguimos caminando en nuestro tiempo de Cuaresma para encontrarnos con la verdadera redención y el amor generoso que tú tienes por cada uno de nosotros. Otra semana más que nos va indicando en los sentimientos y en el corazón que vamos bien en nuestro camino de conversión.

Durante esta semana tú has sido nuestra compañía, ¡como siempre! Gracias, Señor, por este fin de semana que nos dispone al descanso corporal mas no es espiritual. No podemos ser como el fariseo en el templo, que hace comparaciones egoístas y personales. Hoy tenemos que vernos como este publicano pecador, reconociendo nuestros errores y debilidades que llevamos en nuestro caminar. Permítenos, Señor, volver a nuestra casa justificados por tu amor y misericordia por tu perdón y reconciliación. Nuestra Madre Santísima, nos proteja y en este sábado dedicado a Ella. Que interceda por nosotros. 

Feliz y santo fin de semana.

PALABRA DEL PAPA

El fariseo y el publicano suben los dos al templo a orar, podríamos decir que “suben juntos” o de todas formas se encuentran juntos en el lugar sagrado; y, sin embargo, están divididos y entre ellos no hay ninguna comunicación. Ambos recorren el mismo camino, pero su caminar no es un caminar juntos; ambos se encuentran en el templo, pero uno ocupa el primer lugar y el otro, el último; ambos rezan al Padre, pero sin ser hermanos y sin compartir nada. Esto depende sobre todo de la actitud del fariseo. Su oración, aparentemente dirigida a Dios, es solamente un espejo en el que él se mira, se justifica y se elogia a sí mismo. Él «subió a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo» (S. Agustín, Sermón 115,2), sintiéndose mejor que el otro, juzgándolo con desprecio y mirándolo con desdén. Está obsesionado con su ego y, de ese modo, termina por girar en torno a sí mismo sin tener una relación ni con Dios ni con los demás. Hermanos y hermanas, esto puede suceder también en la comunidad cristiana. Sucede cuando el yo prevalece sobre el nosotros, generando personalismos que impiden relaciones auténticas y fraternas; cuando la pretensión de ser mejor que los demás, como hace el fariseo con el publicano, crea división y transforma la comunidad en un lugar crítico y excluyente; cuando se aprovecha del propio cargo para ejercitar el poder y ocupar espacios. Es al publicano, en cambio, al que debemos mirar. Con su misma humildad, también en la Iglesia nos debemos reconocer todos necesitados de Dios y necesitados los unos de los otros, ejercitándonos en el amor mutuo, en la escucha recíproca, en la alegría de caminar juntos, sabiendo que «Cristo está con los que son humildes de corazón y no con los que se exaltan a sí mismos por encima de la grey» (S. Clemente de Roma, Carta a los corintios, c. XVI). (Papa León XIV - Homilía en la Santa Misa con ocasión del Jubileo de los Equipos sinodales y de los Órganos de participación, 26 de octubre de 2025)

ORACIÓN 

Padre, reconozco ante ti, mi condición de pobre y necesitado. Sé que soy pecador. ¡Tantos detalles de mi vida me lo están diciendo! Pero, por encima de mis pecados, me siento acogido por Ti, Padre, que eres todo misericordia, perdón y bondad. Te digo con toda confianza: ten piedad de mí, Padre, que soy pecador…, pero un pecador confiado.

Reflexión: lectio Divina: 14 de marzo de 2026

Hay dos maneras de ir a Dios: por las buenas o por las malas. Ir a Dios por las malas significa ir como el fariseo en plan de “exigencia”.  Son aquellos que quieren comprar a Dios “por sus méritos”. Se creen “justos” y, por eso, no necesitan que Dios los justifique. Para ellos Jesús es un lujo, no hacía falta que hubiera venido a este mundo. Ellos, con sus obras, eran “merecedores del cielo”. Lo peor de éstos no es que ellos se consideren “buenos” sino que “desprecian a los que no son como ellos”. “No soy como ese publicano”. Pero también se puede ir a Dios por las buenas, como el “publicano” de la parábola. No fue en plan de “exigencia” sino “de indigencia”. Él se sentía pobre, pequeño, pecador. No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo. 

Si el fariseo se presentaba ante Dios “con los puños cerrados” exigiéndole todo lo que le debía, el publicano se situaba ante Dios “con las manos abiertas” dispuesto a recibir de Dios su perdón. ¿Y qué nos dice el evangelio? Que el publicano salió del templo “justificado”, es decir, “justo, santo”. Él no se lo merecía, pero no se trataba de méritos, sino de gracia. Dios lo había hecho todo “gratuitamente”. Y ¿qué pasó con el fariseo? Que salió del templo con todos los pecados que tenía más uno más: el de soberbia. 

“Acércate quedándote atrás, Iglesia pecadora, y, sin levantar los ojos, déjate alcanzar por la mirada de Dios, escucha su voz, abre tu oído a la palabra del Señor, comulga la compasión que pides, recibe la justicia que recitas, vuelve resucitada a tu casa, vuelve con Cristo en el corazón” (Fr. Agrelo)

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.